8) El corazón de Alberti
(Del libro inédito Microensayos)
“Se vuelve con el corazón blanco...”
Me lo dijo, hace unos diez años, Rafael Alberti, al que en su
paso por Buenos Aires tuvo la fortuna de entrevistar mi alter ego periodista.
Fue una charla larga y querendona, de la que resultó una nota
pequeña, según consintió en ese momento la despiadada
avaricia de la diagramación, y que, para peor, apareció
cuando ya el poeta había partido, de suerte que ni siquiera me
cupo la mínima satisfacción de que llegase a conocer ese
humilde texto, al que creí significativo al menos por la voluntad
puesta en tratar de dulcificar la obligación profesional con
el agregado de un indeleble resto de devoción por cierta poesía
bebida en la juventud.
Hablamos de muchas cosas que no eran sino dos: poesía y exilio,
que acaso no sean sino una y la misma. Alberti –un anciano de
voz temblorosa– sabía, de veras, no poco acerca de ambas,
siquiera en el sentido en que su conocimiento puede ser expuesto, es
decir, refiriendo el sabor. Exiliado de Cádiz, transido “marinero
en tierra”, ajeno a la patria de su mocedad y de su guerra, distante
de la Argentina en que cuajó su vida y su obra, privado de la
Italia en que halló la consumación de las cuatro estaciones,
había retornado a la sazón a España para esperar
la muerte, única esperanza que siempre se cumple y que, paradójicamente,
es la menos esperanzadora de todas.
“Se vuelve con el corazón blanco”. De esos exilios
y de otros –aseguraba– se vuelve con el corazón blanco,
cada vez más blanco, hasta por mera acción acumulativa,
porque el color de los años es justamente el de ese cisne en
el que Horacio vio la imagen melancólica de su vejez. En aquella
charla se me hizo claro por qué la poesía, siendo, como
es evidente, todo el fuego, es también fría senectud,
sombra de la que se entresacan sombras; en fin, comprendí por
qué el poeta –no importa si adolescente, pues no es una
cuestión de edad– siempre es presa vocacional del recuerdo,
de la memoración de tiempos y de amores destituidos.
La poesía, que nunca es de aquí, es de allá. Su
concreción es un viaje con secuelas de ausencia y de nostalgia.
Su oficiante es asimismo un anciano, un inevitable anciano que nos habla
de un reino añejo, de una edad de oro que no ilusoria sino real,
porque ciertamente vivió en ella, hasta que ambiciones adversas
lo forzaron a abandonarla y le ofrecieron la rosa de los vientos para
el eligiese el rumbo –o el extravío– de las palabras
aladas.
De esas arbitrariedades y de otras minucias le oí hablar a Rafael
Alberti, sumido en mí como si escuchase el murmullo de un octubre
lejano. Sobrevino un silencio y me pobló los labios un verso
al que seguramente había amado: “Que cuando califique de
verde al monte , al prado,...”
Cerró los ojos, se concentró un instante y prosiguió:
“repitiéndole al cielo su azul, como a la mar...”,
y con voz que de pronto amenazó quebrarse: “mi corazón
se sienta recién inaugurado ¨/ y mi lengua el inédito
asombro de crear”.
Calló y miró un rato sin verme. Después, con afabilidad
cansina expresó sorpresa ante el hecho de que alguien recordase
“esos versos viejos”.
-Somos dos; usted también los recuerda.
-Sí, creo que recuerdo toda mi poesía. Pero ése
es otro asunto: es mi vida o, si se prefiere, mi autobiografía.
Poesía o autobiografía, la suya era, al cabo de los años,
ya pura trascendencia; era un mundo, un continuo de recuerdos unidos
por el hilván de imágenes solitarias; a modo de mero testimonio,
copio fragmentos de aquel texto de circunstancias:
-Y entre tantas cosas, ¿recuerda un perro que se llamaba Niebla?
-Claro que lo recuerdo: “Ese tristísimo amigo que no entiende
/ lo que yo más quisiera que hubiese comprendido...” En
fin, la guerra, pero de todo se vuelve.
-Por lo menos usted ha vuelto de sus exilios.
-Si, es cierto. Volví a España después de 39 años.
Era un poco el exiliado por excelencia y es cierto que regresé,
pero regresé viejo.
-Lleva otro exilio consigo, y es el de la Argentina.
-Me fui hace 27 años, tras haber transcurrido aquí casi
un cuarto de siglo. Aquí nació mi hija, aquí publique
una veintena de libros, acaso los más importantes que he escrito.
-Escribió libros y dejo versos.
-No me los diga: “Barrancas del Paraná, / conmigo iréis
el día / que vuelva a pasar la mar”. Y a unos balcones
de La Boca los hice zarpar e irse, también a la mar.
-Siempre “la” mar.
-Siempre la mar, porque es más bonito: “El mar: la mar,
sólo la mar”.
-¿La mar gaditana?
-Sí, sí, esa mar, de la que he estado siempre exiliado.
¡Que disparate!... “Por qué, padre, me trajiste a
la ciudad”, era mi queja en Marinero en tierra. No quería
estar en Madrid y ese libro, el primero mío, canta la nostalgia
del mar de Cadiz. Fue el exilio inicial.
Inicial, invencible, esencial; el poeta está entre nosotros porque
ha retornado pero no podía haberlo hecho sin el previo extrañamiento
que es su substancia, según el señalado destino del hijo
pródigo. Cuenta sobre su viaje y sus penurias, describe vislumbres,
asevera que hay otro cielo y otras constelaciones: sabe mucho simplemente
porque ha razonado la ausencia, tarea en la que gastó la vida.
“Vuelvo ¬–decía Alberti– con toda la vastedad
de lo que he visto, pero también con el corazón blanco...
Usted sabe que es así, ¿para qué lo voy a engañar?”
11) Amadeus, o la envidia
Amadeus, la obra teatral del alemán
Peter Shaffer es, para muchos, una ilustrativa vuelta de tuerca sobre
la vida de Mozart; para los buscadores de anécdotas y recovecos,
un acopio de singulares datos acerca de Antonio Salieri, un músico
realmente importante pero cuya memoria ha quedado opacada por la fama
de algunos de sus contemporáneos y discípulos. En efecto,
es ambas cosas y aquel que en la representación de Amadeus
–o bien en su sucedáneo fílmico– prefiera
hallar uno u otro de esos elementos didácticos seguramente no
estará errado ni intelectual ni emocionalmente.
La aceptación de esas legitimidades no invalida, por supuesto,
los fueros de otra para mí harto más trascendente: Amadeus
me resulta, ante todo, una inusitada, una lúcida exposición
y justificación de la envidia, como factor decisivo en la constitución
de la personalidad social, como motor de las reacciones que conforman
el universo moral, siquiera de Occidente.
Convengamos que el tema de la envidia y aun la misma palabra que la
designa son desagradables. En lo cotidiano, porque admitir que uno es
presa de sus desvelos significa, lisa y llanamente, reconocer la superioridad
ajena; vemos, en consecuencia, que el ser humano que confiesa y hasta
se jacta de todos los pecados y perversiones imaginables, pudorosamente
elude haber incurrido en esa debilidad.
Es más: hacerlo es, poco más o menos, un rasgo de demencia
y eso fue, en la historia verdadera, lo que sucedió con al italiano
Salieri: compositor notable, personaje célebre en el mundillo
operístico de su época, maestro de Beethoven, Schubert
y List, cuya cabeza flaqueó en la ancianidad. Recluido en un
manicomio, dio en repetir un relato sórdido que naturalmente
nadie creía: contaba haber odiado a Mozart debido a que era mejor
músico que él; que había tratado de perjudicarlo
en todas las formas posibles y que terminó matándolo,
mediante un veneno.
En los loqueros hay multitud de gente estrafalaria y, entre tantas otras
como se escucharían en el de Viena, esa narración no tenía
por qué atraer especialmente la atención de médicos,
enfermeros y almas caricativas variadas: un pobre viejo loco disparataba
en tono de horror sostenuto... Allá él.
La sagacidad de Shaffer, la luz que sobre ese detalle menor arroja la
obra, reside en el desarrollo lógico que da a la confesada aversión
de Salieri: éste era un músico destacado tanto por su
producción como por sus conocimientos teóricos, y se trataba,
asimismo, de un característico hombre de cultura según
los cánones de aquel tiempo. Razonablemente estaba, pues, capacitado
mejor que otros para apreciar el valor de ciertas obras musicales; es
creíble, por ello, que haya podido comprender como pocos la altísima
cualidad de las de Mozart y también su alcance ulterior, su dimensión
genial, punto éste que desencadena el drama.
Un diletante corriente, un músico adocenado, un integrante sensible
de esa abstracción denominada “público”, podían
bien pensar que Mozart era un compositor talentoso o brillante, un emergente
del sentimiento o de la moda de sus días. Shaffer imagina –como
vimos, no es descabellado hacerlo– que Salieri dio el gran salto
que supone la inteligencia profunda del hecho artístico: aparte
de aquellas cualidades notorias, Mozart poseía, según
sabe hoy cualquier quídam, un don no referido al estudio,
al ingenio, a la reflexión, una gracia esencial no proveniente
de nada acordado sino que trasunta simple potencia espiritual, disposición
a sumarse al continuo vital, una suerte de inmanencia trascendente anterior
y posterior a las circunstancias de su actuación como creador
musical.
¿Por qué? Y sobre todo, ¿por qué él?
La respuesta atribuida a Salieri es que eso obedecía a un designio
divino. Dios lo quiso, pero al quererlo quiso, a la vez, dejar al margen
a otros tan talentosos y tan meritorios como el mismo Mozart: con respecto
a esos otros, al resto, incluido Salieri, Dios no lo quiso. Resuena
en la conciencia del envidioso la terrible pregunta de Caín:
¿Por qué Dios ama las ofrendas de Abel y no las mías?
La envidia no es ya una mera mortificación del amor propio sino
una rebelión contra el orden del mundo, contra el reparto desigual
de la gracia, de la fortuna, contra el antojo que rige el destino.
En un sentido humanista, el envidioso –el gran envidioso, se entiende–
es alguien que rinde fundado homenaje al envidiado, pero en un sentido
final y fáustico, el envidioso es alguien captado por el demonio.
Ahora bien: puestos en la perspectiva burguesa, la envidia no sería
sino un reclamo de racionalidad: “Si he trabajado tanto como Mozart,
si tengo una comprensión del arte no inferior a la suya, si soy
un ser más armónico y más completo que Mozart,
¿por qué a él se le ha dado algo que a mí
se me niega?”
Sin embargo, Salieri, que vive inmerso en el mundo burgués, no
es un burgués, es un remanente medioeval, un anacrónico
artista-artesano imbuido de la dignidad de su menester. Un entendimiento
esclavo de la inmediatez podría deducir de esa injusticia flagrante
la no existencia de Dios. Pero él no puede desconocer las jerarquías
estéticas, el arte como superación de las contingencias:
sabe que Mozart es grande y está convencido de que lo es porque
así lo determinó la voluntad divina. Discurre, por lo
tanto, que esa misma voluntad es la que lo ha apartado a él de
la grandeza. La abismal conclusión de Salieri-Shaffer es que
ese infortunio lancinante y cabalmente comprendido, contiene, ni más
ni menos, el testimonio de que en verdad el Dios providente existe.
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La envidia no suele figurar entre los temas habituales
de coloquio culto; sabemos que anda por ahí, pero tendemos a
disimularla. Todavía los antiguos apelaban a la “emulación”
para explicar la angustia que produce el éxito del prójimo
cuando se trata de hechos elevados. Esa licencia ya no nos es permitida
y apenas si nos queda, en un nivel intermedio y a veces risueño,
la envidia entre literatos, agazapada por lo común en la penumbra
de los reparos sesgados y los chascarrillos soeces.
Más entidad pública tiene la envidia entre mujeres, a
propósito de las diferencias sociales y de status que las separan;
el buen gusto, en este caso, recomienda restringir la consideración
a los valores cuantificables, o sea al dinero, pues las otras inquinas,
las derivadas de la belleza y la juventud presentan un carácter
demasiado metafísico para que valga la pena ocuparse de ellas.
La cuestión monetaria, en cambio, tiene su carnadura: Napoleón
afirmaba que “la mujer carece de ubicación social y hace
suya la correspondiente al esposo”. La envidiosa está en
ese punto totalmente de acuerdo con el más ilustre de los Bonaparte,
lo que no deja de constituir una conmovedora muestra de humildad: en
último análisis, ella le envidia a la otra el marido que
le permite prevalecer, o le envidia el padre –es decir, el marido
de la madre¬– que le ha dejado bienes: así vista, la
envidia entre las mujeres es un reducto falocéntrico seguramente
inexpugnable.