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Fernando Sánchez Zinny

 

Poemas

 

Final


Que cuando yo me vaya
queden en paz las pobres querencias mías;
que queden en paz, que sigan
su declive hacia donde Dios termina.

Que cuando yo me vaya
sólo lo mío parta
y el trueque sea como ha sido hasta ahora,
sin que nadie ofenda a los demás con un lamento.

Pido, aunque sé que me dirán que es mucho
y que querrán regatearme la promesa,
que tras de mi la noche guarde su designación y rito
y haya incienso para los misterios que he amado.

Ponedme en tierra
y ponedme una cruz aunque no crea
y escribid en ella mi nombre para
que lo borren los días, después que yo me muera.

Esto en paraje traslúcido y detenido,
donde la reconciliación
sea un áspero y mínimo matojal crecido sobre
la indiferencia que rellena fosas.

Que los domingos pasen
mujeres con flores para sus muertos:
señoras ordinarias trajeadas de negro,
con ramos caseros y medias gruesas.

Que idéntico el cielo me mire y no lo mire,
que todo quede aunque no sea en mis ojos,
que yo esté muerto, que sea sordo, que no comprenda,
si alguien se burla de mi soledad.

De Segunda poesía


Charla en tarde con lluvia


Nos envuelve la tarde,
con hilos de agua moviendo su trama en los vidrios;
¿ves?, nadie viene de donde venimos,
nadie va, tampoco, hacia donde vamos:
¿es que falta lo que falta o no falta nada,
toda la vida cabe en una vida?

Cuando partamos
y la pena nos vele los ojos,
dirás conmigo aunque no lo creas
que amor no merece
lo que no es eterno,
que la luz de los mitos alumbra
pero no consuela:
verdades simples que los amigos ya conocían.

Sin saber que lo era, la alegría
pobló la estrechez, la grisura
del jardín sin Dioses
y después de incendiar algunas sombras se fue,
porque no cabía en un espacio tan chico.

La lluvia cae, borbotón y cantinela,
y viene a rodar destino abajo
por los declives de un suburbio
donde la magia engendra neblinosos recuerdos.

Hay un límite no hollado,
un silencio mejor que el repiqueteo,
un beso que anidó en vano,
un hijo no nacido,
restos de hojarasca pegados a las paredes.

Qué lástima que hayamos muerto
ajenos al misterio como monedas viejas,
como agua que recorre el ciclo de las aguas:
hoy sabemos que la mitad lo hicimos, amor,
y que la otra mitad ya no espera,
que el sol ausente no presidirá la noche.


No creas que podrás huir
de ti, de la caducidad atada a tus pasos,
del opaco fulgor que destella en el mapa
de los días por venir.

Ahora todos se acercan,
los que están y los que se evaden,
los que muerden lo agrio en busca de certezas
como huérfanos que ignoran serlo,
los que exaltan el candor
engañoso de los niños,
y en un rato jugarán a ser estatuas
en el parque arrasado,
después que la lluvia cese.

Nadie está solo, porque está con nosotros
y nuestro tiempo es la vida que les damos:
como ángeles sin luz
descendidos del cielo, esperando un nombre
en el puerto que dejaremos mañana,
rumbo al olvido que permita seguir viviendo.

De Exódo


Anfora de amor y pena

Para Juan José Folguerá

Pues dormía en el cuenco un triste vino
del color de las rosas de Epicuro;
y creí de oro el naranjal maduro
y ansié un ambiguo mar, azul y endrino.

Ojos recién abiertos al destino
hallan la libertad y el alto muro
y el contendor, el fúlgido y oscuro
con sus armas espera en el camino.

Tengo un cabo, una amarra ya en la tierra,
un espejo de sueño o de pupilas,
un laurel que me roza y me destierra...

¿Y por qué, ahora, corazón vacilas?
–el rostro amado en ti mismo se encierra,
la pena en el contorno que aniquilas.

De Recuerdos de apuestas perdidas

Charlas

“Contame como sos, Fernando…”
Cauteloso sonrío: soy un resto,
una sombra que nada pide y nada aguarda.

Pero contesto “quién sabe, quién sabe;
tal vez un fugitivo, un ansia destituida,
agua estancada en que quedó el recuerdo
de una felicidad como nadie ha tenido”.

No escucho el nunca que insiste en sus labios
ni me aleja el fulgor que emana de sus sienes,
tan solo leo una promesa errática, inasible,
en el fondo de su mirada infinita.

Es curioso: en las tardes vacías de este verano final,
parece que el incrédulo esperara un milagro.

Y se le viene encima
una ternura de humedecer los ojos,
igual que les pasa a los ancianos.

De Sombra adentro

 

 


 

 

fernandosz2@yahoo.com.ar